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lunes, mayo 25, 2009

El Arribismo Afrodisíaco

Sorel, Rivas, Vronsky, Rastignac, Rubempret, en las novelas del siglo XIX, los más inescrupulosos arribistas, siempre logran llevarse a la cama a las más bellas y puras heroínas. Balzac, Stendhal, Dostoiesvki, eran completamente conscientes de que sus novelas eran leídas principalmente por las primeras del curso, y que para éstas, la falta de moral y el hambre desesperada de existo en vez de ser repugnante, era excitante. 
La debilidad de estos hombres, que necesitaban seducir para ser, que necesitaban ser vistos para ver, es para las primeras del curso un afrodisíaco. La inseguridad del arribista se parece a la de las primeras del curso. Se basa en la misma necesidad de cumplir con un padre y de desviar la energía sexual al intelecto, la ambición o el dinero.
Nada se saca con decirles a las primeras del curso que el destino de los arribistas en las novelas del siglo XIX (y también en la vida real) es invariablemente la tragedia.
En las novelas como en la vida, siempre hay una heroína acompañando al condenado a muerte hacia la guillotina.
Las primeras del curso, que me toco conocer, habrían dado un brazo para ser esta acompañante fiel perdida y miserable, tratando de que su hombre salga de la miseria moral absoluta a la miseria moral relativa.
El arribismo es para las primeras del curso afrodisíaco, porque el amor es un juego de identidades en que nada repugna más que las identidades inmutables, los personajes hechos y derechos, los que no piden nada, los que se contentan con ser lo que son. Los arribistas son al mismo tiempo una cosa y otra, pobres pero potencialmente ricos, mediocres pero con ambiciones brillantes. Son sobre todo un proyecto. Y nada excita más a las primeras del curso que ser parte de un proyecto. Tener a alguien a quien salvar. Un tipo que traducir a la lengua de la tribu.
La alianza entre las primeras del curso y el ambicioso termina invariablemente mal porque nace de la inseguridad de las partes. De la necesidad de ser una mujer vestida de ideas, y un hombre vestido de cargos. ¿Pero, cuándo se quedan desnudos? Si la competencia no los convierte en enemigos incendiarios, se terminan por asquear uno del otro. Él cae en los brazos de una buena enfermera con vocación de santa, y ella en los brazos de un silencioso.





viernes, julio 27, 2007

Las Primeras del Curso (I parte)

Arrastran un pasado lleno de sietes y diplomas. Para ellas, las palabras, los conceptos, el nombre de los libros y de las películas son una huida contra sus cuerpos, una forma de hablar de sexo y de seducción, sin hablar de sexo ni de seducción. Una manera de huir de esa cosa brutal y urgente que el resto del adolescente vivía a ciegas.
Castigan sus cuerpos con pantalones anchos, sus rostros con anteojos y su pelo con toda suerte de moños, sus mentes con lecturas de Silvia Plat, Samuel Beckett o Max Weber. Celebran los triunfos que obtienen sobre su menstruación, su abstinencia sexual rota en tempestades de deseo. Su manera de destruir hombres con una frase, de hacerlos esperar mientras ellas revisan por enésima vez una cinta de video a ver si esta justo el micrón segundo que ella necesita.
Poseen una manera de rebelarse contra los designios de su feminidad para rendirse sin remisión a ella y ser doblemente mujer, y triplemente vulnerable, queriendo al mismo tiempo seguir siendo la niña que sus padres muestran a los invitados porque a los cinco años puede explicar la teoría de la relatividad, o recital a William Blake.
Pero sólo los tigres asustados atacan a los hombres. Sólo los que se saben débiles y acorralados son de verdad peligrosos. Así las primeras del curso, justo porque tenían miedo de su sexualidad, justo porque se sentían en todo lo sensual débiles, mordían a los que las han querido, sin usar el látigo del domador, acariciarlas. Dotadas de senos y culos y al mismo tiempo resolviendo logaritmos, o comprendiendo a Roland Barthes. Nadie ve como cojean o como se obligaban a ser las primeras de puro temor a que no hubiese lugar para todas.
Derrotadas por cada mancha, necesitan justamente al que va por el mundo manchado entero, pero se van a la cama con los que sabían su verdadero secreto: que eran mujeres. Sólo eso, pero no menos que eso.
Hay una sola manera de tomar a una mujer por asalto; tomarla por sorpresa. Sorpresa imposible en el caso de las mujeres inteligentes, o más aún en la de instinto medianamente despierto. Nada escapa a su atención, menos aún los detalles. Todo movimiento en el campo contrario es registrado, y sólo la risa o el miedo, sólo alguna de esas sensaciones que ocupan del todo, que distraen del todo puede crear esta ilusión de sorpresa.
Una sorpresa mentida, y desmentida, ganada gracias a que la propia asaltada ha corrompido a sus guardias para que hagan vista gorda. Lo inesperado es un rito de paso que permite cierta naturalidad en este cambio de calidad de tiempo. Como esos gruesos adaptadores de energía eléctrica, lo inesperado permite distraer en medio del ajuste, la atención. Pero ante todo es una forma de resolver la gran clave irresoluta: La violencia.
A las primeras del curso les cuesta resignarse a la violencia tipo chimpancé que el sexo necesita. Quizás por eso se sacaban siete en todo menos en el amor, donde acumulaba rechazos y amores platónicos, como si la frustración las salvara de enfrentarse a la realidad, los jadeos y fricciones genitales.
Así para cumplir con la regla de la especie y tener pareja e hijos, las primeras del curso deben abdicar de parte de su inteligencia, de lo mejor de su intuición. Pero lo hace, como todo en ella , de modo complejo, retorcido y laberíntico, dejando en el camino muchos hombres insatisfechos y enamorados, para entregarse a otros que no las merecen ni aman, pero que llevan en sí las claves de sus misterios. Hombres que ellas pueden construir e inventar, o resolver como una ecuación o una prueba de química.

No se pierda lo que vendrá en Las Primeras del Curso: El arribismo afrodisíaco, Los Silenciosos y La Resignación. No se esfuerce por entender este texto, pues ni yo lo hago a cabalidad… pero mantenga la fe, que espero salir del paso digna como de costumbre.
Dedicado con cariño a ti, que fuiste La Primera del Curso.